«—Salam Aleikum (“la paz sea contigo”). ¡Qué feliz me hace conoceros, por fin!» — dijo la abuela que vestía una de sus mejores melfas perfumada con una colonia fresca que olía a la flor del azahar. Un fuerte apretón de manos, gesto no muy común entre dos culturas parecidas pero distintas a la vez, y la mano derecha al corazón, en señal de agradecimiento.
«—Mi nieto Abdulah me ha contado tantas cosas sobre vosotros y vuestras costumbres en España. También me ha mostrado todas esas fotos que le habéis enviado por ese aparato que utilizáis tanto los jóvenes para hablar, pero hijos míos, yo casi no me veo. Los rayos de sol y esta arena que se te mete en las pupilas me han dejado casi ciega y aquí en pleno desierto del Sáhara no contamos con médicos que me ayuden a recuperar la vista que he perdido con los años».
«—En mis tiempos nos comunicábamos con los familiares que vivían lejos de casa a través de cartas, era todo mucho más bonito. ¡Qué pena que se haya perdido esto!».
«—Yo, que era capaz de distinguir una pequeña moneda de un real en el suelo, entre las piedras y los montículos de arena, cuando vivíamos en Villa Cisneros, la capital de río de Oro, antigua provincia española, mis padres, mis cuatro hermanos y yo. Es por ello que conozco vuestro idioma, el español. En los campamentos los niños lo estudian como segundo idioma junto al hassanía. ¡Qué hermosa es vuestra lengua!».
«— Hoy la conocen como Dajla, pero creo que es muy diferente, a la ciudad donde nací, donde mi padre trabajaba como pescador, y aunque no nos sobraba el dinero, siempre teníamos un trozo de pan que llevarnos a la boca. Ahora no están bien las cosas por allí. Los saharauis no tienen apenas derechos y si se quejan, ya saben lo que les toca, una paliza y al calabozo».
Mientras Minetu continúa relatando en total confianza fragmentos de su dura historia de vida se aplica en el cuello y en las arrugadas manos curtidas por el sol, una buena dosis de esa famosa crema de la lata metálica azul que le trajo su nieto de España. Como un chute de energía, en cuestión de segundos hidrata su cuerpo.
Es hora de encender el hornillo y preparar el té. El proceso de preparación de esta bebida supone todo un ritual y es para los anfitriones toda una muestra de generosidad que nos van regalando con calma, con la parsimonia que dan más de cuarenta años de espera. Aquí no existen las prisas; te ofrecen un primer vaso de té, luego un segundo y más tarde, un tercero. Y es que la ceremonia del té en el Sáhara Occidental es un rito fascinante. Constituye toda una muestra de cordialidad y hospitalidad con la que agasajan a sus invitados.
Entre té y té continuamos nuestra interesante tertulia, a la que se añadieron otros adultos de la familia. Se beben tres tazas de té, y es que, según los saharauis:
El primer vaso de té 🫖es amargo como la vida.
El segundo té 🫖 es dulce como el amor.
Y el tercer y último té 🫖 es suave como la muerte.
La abuela continua, emocionada, contándonos aspectos de su pueblo.
«— Somos nosotras, las mujeres saharauis, las que hemos contribuido a preservar nuestra identidad y costumbres, a través de la música, de la poesía o de la artesanía. Supongo que habréis oído hablar de algunas mujeres saharauis como Mariem Hassan, que fue una gran cantante y activista a la vez, que supo divulgar la causa saharaui en el mundo a través de su música. O de Aminetu Haidar, que luchó por los Derechos Humanos y la independencia de nuestro pueblo».
Acabado el té, nos levantamos de la firme alfombra tejida en tonos rojo y turquesa y salimos de la haima a dar un paseo por el barrio de Bucraa en la wilaya de El Aaiún.
Las modestas casas hechas de adobe y los destartalados corralitos para las cabras, fabricados con materiales reutilizados como restos de palés de madera o alambres, es el paisaje que nos acompañó hasta que llegamos a una pequeña zona de servicios en la que algunos vecinos tienen sus negocios.
A ambos lados de la única calle comercial de tierra y polvo, se amontonan pequeñas tiendas que ofrecen alimentos básicos, algo de ropa o productos de higiene.


En un rincón apartado, nos llama la atención el cadáver de un automóvil abandonado y despojado por completo de cualquier utensilio reutilizable. Le acompaña el esqueleto de una motocicleta que tuvo mejores momentos. Ambos cacharros hacen las delicias de cualquier niño que pasa por aquí a la salida de la madrasa.
Hechas unas pequeñas compras la abuela nos ofreció un plan que nos gustó mucho.
«— No me gustaría que os fuerais de aquí sin conocer la importante labor que hacen las mujeres de esta wilaya a través de la artesanía».
Y así es como llegamos tras un pequeño paseo a la Escuela de Cerámica de El Aaiún. Era la una del mediodía y aunque estábamos en diciembre, el sol apretaba, y es por ello que decidí ponerme un turbante de color claro parta cubrirme la cabeza y evitar posibles quemaduras.
«— Os presento a Aziza, una de la profesoras de esta escuela de artesanía para mujeres. Me ha dicho mi nieto que vivís en la región de Valencia, ¡Cuánto tenemos que agradecer a esta bonita tierra por su solidaridad!».
«— ¿Sabíais que esta arcilla y la pintura provienen de donaciones de empresas de alfarería y cerámica de Manises y Puzol?. Todos los ingresos obtenidos de la venta de estos artículos que fabrican estas mujeres: imanes, collares, jarras, utensilios de cocina, etc., sirven para complementar las rentas de varias familias saharauis. Y es por ello que en nombre de Aziza y de estas mujeres trabajadoras os doy las gracias». — Y se puso la mano derecha sobre el corazón.
Compramos unos recuerdos para llevar a la familia y regresamos a la casa.


«— Mi nieto me ha comentado que le haría mucha ilusión prepararos una boda al estilo saharaui. Aunque no contamos con mucho tiempo, una boda saharaui se prepara con mucha antelación y rituales, vamos a improvisar algo bonito para que llevéis un hermoso recuerdo de vuelta a España».
«— Pero no podéis ir vestidos de este modo, con pantalones y jerseys. Mañana por la noche tendréis vuestra celebración. Os lo prometo». Pero ahora es hora de cenar, vamos al interior de la haima. ¿Acaso no oléis a pan recién horneado? Mi hija es muy buena cocinera. Nos ha preparado unos pinchos de pollo con arroz que huele que alimenta. Pasad, pasad estáis en vuestra casa».
«— Yo no podré comerlo con vosotros, casi no me quedan dientes. Mi hija me lo tritura con ese aparato que le enviasteis el año pasado. ¿Cómo se llamaba? Si, ya me acuerdo la batidora».
Nos acomodamos sobre la alfombra encima de unos cojines que nos sirvieron de asiento para comer en el suelo sobre una pequeña mesita de madera.
Nos ofrecieron un par de cubiertos, cuchillo y tenedor, pero decidimos actuar tal como dice el refrán “donde fueres haz lo que vieres” y optamos por comer con las manos. ¡Qué sensación de libertad! Sin normas de protocolo ni decoro. No dejamos ni un grano de aquel arroz sazonado con especias.
Acabada la cena conversamos un rato alrededor del hornillo que caldeaba la humilde estancia que sirve al mismo tiempo de sala de estar y de dormitorio.
A las 00.00 h. estábamos exhaustos y aprovechando que se había consumido la batería que servía para iluminar la haima cargada con la luz solar, nos fuimos a dormir sobre las colchonetas que amablemente nos habían cedido. Y en abrir y cerrar de ojos nos entregamos a los brazos de Morfeo.
Y llegó el día de la boda.
El día siguiente la familia lo dedicó a los preparativos de lo que sería un simulacro de boda. Mariángeles y yo, apenas coincidimos durante el día, ya que las mujeres se encargaron de prepararla para este emotivo día de despedida de los campamentos.
A las ocho de la tarde, nos encontramos en la haima con toda la familia, hijos, sobrinos y nietos. Tampoco quisieron perderse esta curiosa ceremonia lúdica los niños vecinos de las casas colindantes.
No faltaron los bailes tradicionales de los invitados, la música, el pastel,… Mari Ángeles vistió la tradicional melfa blanca y negra de las novias y bisutería saharaui, y yo, la tradicional darrá o túnica azul celeste. No podía faltar las manos de la novia decoradas con henna con bonitos dibujos. ¡Qué guapos estábamos!.
Fue un día muy emotivo, en el que no faltaron platos tradicionales como los pinchitos de camello o el cuscús.
Antes de irnos a dormir tuvimos nuestro momento de intimidad al raso contemplando las estrellas que en el Desierto del Sáhara brillan con una intensidad especial. He de decir que jamás había contemplado un cielo estrellado tan bonito .
Vacaciones en Paz.
Hace 10 años nos animamos a participar en el bonito proyecto de «Vacaciones en Paz» para acoger a un niño saharaui en nuestro hogar durante dos meses.
Este proyecto se viene desarrollando desde 1979, viajando cada año a España, cientos de niños y niñas saharauis con edades comprendidas entre los 8 y los 12 años que viven en los campamentos de refugiados en la provincia argelina de Tindouf.
Durante los meses estivales de julio y agosto, se alcanzan en el desierto, temperaturas de hasta 55 grados, lo que unido al ambiente seco y la ausencia de agua, hace que la vida en esta zona olvidada del planeta sea vuelva insoportable. A esta zona desértica se la conoce como la hamada y consiste en un tipo de desierto pedregoso, caracterizado en gran parte por su paisaje árido, duro, de mesetas rocosas y con muy poca arena.
El proyecto de «Vacaciones en Paz» tiene entre sus objetivos realizar a los niños reconocimientos y tratamientos médicos en España que en los campamentos no son posibles y proporcionarles un equilibrio alimenticio. Además de fomentar el aprendizaje del castellano, segundo idioma oficial de la RASD.
Durante 3 veranos hemos acogido en casa a Abdulah; un niño que viajó su primer verano con 10 años, con un aspecto delgaducho y de carácter jovial, con el que nos hemos reencontrado ahora en su casa, 15 meses después, como un intrépido adolescente, feliz de que su «familia española», como él nos llama, le haya rendido visita.











